Escucha lo que contó Julio Leiva con respecto al paco y sus consumidores…
A pocos días de cumplirse el primer año del comienzo del prolongado conflicto con el sector del campo privilegiado, muchos balances se realizarán sobre su origen, desarrollo y aún incierto desenlace. Los escenarios que se precipitaron en el frente político, social, de gestión gubernamental, cultural y de los medios de comunicación se entrelazarán en análisis de variados especialistas. En cada uno de esos aspectos habrá sentencias de todos los gustos para diferentes auditorios, aunque el más visible se reúne en la sala del pensamiento conservador. De esas aproximaciones sobre una crisis compleja y controvertida, existe una que emerge con más nitidez y se refiere al profundo retroceso que derivó este conflicto en la forma de analizar, evaluar y proyectar la economía argentina en el debate instalado en la sociedad. Las sentencias de que el campo es el principal generador de riqueza del país y que constituye el motor fundamental del crecimiento son reiteradas como verdades absolutas sin el más mínimo esfuerzo para conocer las experiencias de desarrollo exitosas de otras naciones. Ni se toman la molestia de intentar corroborarlas con informes técnicos rigurosos alejados de la influencia de vientos camperos, brisas alimentadas por un flujo constante de dinero de los poderosos integrantes del negocio agropecuario. La instalación de la idea del campo como corazón de la economía implica una regresión. Se trata de una concepción que atrasa más de un siglo en la esfera de la teoría de la ciencia económica y no mucho menos en las políticas económicas que se han implementado en países que pudieron realizar un salto cualitativo de su estructura productiva. Una sociedad urbana desinformada, una legión de políticos lanzados en campaña por especulación electoral y un sector del campo colonizado por la trama multinacional sojera han logrado la peculiaridad de que Argentina sea casi el único país de un mundo en fabulosa crisis que discute el regreso a una economía agroexportadora primitiva. En ese debate aparece con fuerza la errática política oficial hacia el sector, la competencia entre funcionarios en el liderazgo de la negociación que entorpece el manejo del conflicto y la carencia de una estrategia de mediano plazo que incluya el complejo agropecuario dentro de un proyecto de estructura productiva integrada. Pero la relevancia de este conflicto no se encuentra en las discusiones mezquinas sobre recursos públicos ni en las carencias de la administración kirchnerista, sino que esta crisis con un nuevo poder económico emergente expresa el modelo de desarrollo que ese bloque busca imponer junto a las perspectivas de su representación política.
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